Sábado 9 de junio de 2007. 8:00 am. Tronan los despertadores en una casita de Potes, Cantabria. El sol luce espectacular. Se barruntan nubes sin importancia entre las montañas.

Echada la llave de la casa, los seis ponen ruta a Potes para desayunar. Cola Caos, cafés y tostadas serán suficientes para rellenar cinco estómagos vacíos. Cinco, no seis. El sexto prefirió dejarlo inerte, inapetente. Unos azucarillos en su bolsillo por aquello de la pájara, pero nada más.

Una vez en el desvío, algunos ciclistas se deshacen de la ropa sobrante. Todo aquello que no sea vestimenta de puro verano sobraba. La humedad altísima ayudaba a intensificar la sudoración. Cuidadín con las bebidas.
Empieza la ascensión, los primeros metros por asfalto. Pero pronto cogen una pista que les llevará hasta Peña Oviedo. Pero para ese momento queda mucho sufrimiento y casi 1000 metros de desnivel acumulado. Una ruta completa por la sierra de Madrid. Más, menos. Durante la subida se alcanza el 20% de desnivel con relativa normalidad, y raro es que se baje del 10%. Un infierno. Por el contrario, empuja y gratifica el paisaje, ajeno a los seis aventureros. Las cimas de los Picos de Europa se van acercando muy poco a poco. El verde les rodea, les engulle, hipnotiza el grupo. Las paradas se repiten. Reagrupamientos necesarios. Fotos que inmortalicen sensaciones. La palabra “impresionante” se desgasta, se funde con las palabras. El sol acompaña la ascensión, y pica. En más de una ocasión se echa pie a tierra para seguir avanzando. Una voz machacona: “no os paréis, seguid hacia delante”, anuncia la sabiduría de Peguero.

La ruta continúa. Próximo destino, los Puertos de Áliva. El paisaje deja atrás los pinares y se vuelve más agreste. Se alterna un microclima propiamente mediterráneo con los rigores de la meteorología alpina en las zonas más elevadas. Allí aún perviven especies arbóreas autóctonas: encinas, alcornoques, robles y hayas, formando intrincados y bellos bosques en el que sobreviven especies protegidas como el oso, el corzo o el urogallo.
El camino sinuoso ofrece algún respiro pulmonar, pero pronto indica la realidad de la pendiente, aunque los porcentajes se suavizan considerablemente.

Superado este momento, comienza el descenso. UUUUUUUUUUF! Qué descenso. Play al videojuego. Uno tras otro machacan sus calas contra los automáticos e inician un sueño a 50 kms por hora.
Llegada al altiplano. Redisfrute. Los animales se apartan cautos ante el paso de las máquinas. Otros, defienden su territorio con amenazadoras miradas. “Hasta pronto amigos”.
Avanzados unos pocos kilómetros, el grupo encuentra la pista para seguir el descenso. Pista peligrosa por la cantidad de grava suelta que la forma y acentuada por una pendiente considerable. El grupo bufa junto, unido. Un integrante se destaca hacia delante abriéndose paso al grito de “empujad, esspartanos”. Y CATACRASHH-ZAS! Tortazo descomunal. Casi al mismo tiempo, Delfi2 había visto a la Virgen en una excursión por el campo de las que no se olvidan. Parada y fonda. Iván, aún con su bici encima, y unos cuantos arañazos y contusiones en su cuerpo, ruega que le quiten el cacharro de encima. Sportbilly, que iba tras el en la alocada bajada definió la caída como un “trastazo volador donde la rueda trasera consiguió superar a la delantera”. Delfi2, mientas, no acertaba a comprender como había superado todas las enormes piedras que salpicaban el terreno tras su salida de pista. “Hay que tener cuidado, no se puede bajar así”, aseguraba una voz coherente de entre el grupo.

Finalizada la bajada en la fuente de Vegas del Toro, esperaban Delfi2, Jose, Iván y Peguero. Nunca pensaron que el retraso de Pablo y Sportbilly se debiera a una caída.”Será un reventón”, pensaron. Tras una cura con vendas y betadine, el grupo comienza andar. Pero un semblante de anestesia embarga el rostro de sus componentes. Pablo iba muy mal, un gran hematoma en la palma de una de sus manos le impedía agarrar fuerte el manillar de su bici. Pintaba mal.
Pero Dios aprieta pero no ahoga. El golpe pudo tener peores consecuencias. Igual que los dos sustos anteriores. Un hueso roto en ese lugar, sin ninguna cobertura telefónica, hubiera sido un auténtico drama. Además la climatología, tan amenazante en sus previsiones, continuaba estable.
“Camino se hace al andar”, se dijeron unos a otros, y el pedaleo silenció tan dramáticos momentos. En la cabeza de todos tan solo cabía llegar a Sotres, a unos kilómetros todavía de ese punto topográfico. Dicho y hecho, y tras una durilla subida por asfalto, la deseada población se presenta como tabla de salvación. Una cura a Pablo y unos bocadillos para el resto vendrían de perrillas. Ni una cosa ni otra. El pueblo no tiene médico ni, por supuesto, centro de salud. Y la comida no fue de lo más agradable.

En un abrir y cerrar de ojos la climatología había cambiado. “No me gustan esas nubes, van a descargar”, pensaba alguno en voz alta. El cielo se estaba cerrando y el grupo tenía que agilizar la marcha. Se barruntaba tormenta. Y una tormenta en Picos es cosa seria.
El paso por el Vao de los Lobos, un desfiladero indescriptible ofrecía un nuevo toque de riesgo mezclado con belleza al camino. Al otro lado del mismo se intuía entre las nubes la famosa bajada de Tresviso. Qué locura.
Llega la lluvia, comienzan a oírse los truenos. Poco a poco se acercan. Más y más. Quedaba una impresionante bajada en zigzag hasta Bejes, pero antes los chubasqueros se hicieron protagonistas. Ya caía fuerte. La bajada, donde había que salvar cerca de 350 metros en poco más de 3 kilómetros, vuelve a provocar fuertes emociones en cinco de los bikers, ya que descender a toda pastilla con los rayos cayendo cerca de sus cascos, no es moco de pavo.
Ya en Bejes, el grupo entra en un sanedrín para disponer la estrategia a seguir. Se decide que lo más adecuado es el vuelo de Peguero y Sportbilly hasta Potes por la peligrosa carretera del Desfiladero de la Hermida y la vuelta a Bejes con un coche donde se evacue a Pablo. José, Delfi2 e Iván esperarían junto al herido.
Pero el destino vuelve a dar un giro a esta aventura y presenta en la escena a Manín, un vecino de Bejes que oía desde el porche cubierto de su casa la conversación de los ciclistas. “Le llevo yo en coche, la bici la guardamos en la leñera y ya vendréis a recogerla”. Dicho y hecho, Pablo se metió en el VW Golf de Manín junto a su mujer y una amiga, quienes le acercaron los 15 kms que quedaban para llegar a Potes.

Datos de la aventura:
Duración total: Unas 10 horas (De 9:00 a 19:30)
Tiempo de pedaleo: 5 horas 45 mtos
Distancia recorrida: 64,74 kms
Desnivel acumulado: 2207 metros
Velocidad media: 11,2 kms/h
Pendiente media de subida: 11%
Pendiente media de bajada: 10%
Pendiente máxima de subida: 33%
Pendiente máxima de bajada: 36%
PARTE II
Por Peguero
Solucionada inesperadamente la evacuación de Pablo, gracias al amabilísimo vecino de Bejes, que sin pedírselo se ófreció a llevarle en su coche hasta nuestro alojamiento; los demás barajamos la posibilidad de acabar la ruta por donde habíamos previsto: la ascensión (y descenso) al Collado Pelea.
Desde este pequeño pueblo, mirábamos y mirábamos el terrible collado. La primera impresión es de : ``eso está en casa-dios´´. Lo cierto es que después del percance de Pablo, nos habíamos enfriado bastante, con respecto a si volver por el famoso collado o no, pues ya habíamos hecho idea de bajar hasta la Hermida y volver por carretera. Pero al cambiar las circunstancias inesperadamente...
Despues de sopesar pros y contras en una breve charla, nos animó el que en ese momento las nubes se retiraban, pues la bajada a Bejes desde el Jito de Escrandi la habíamos hecho bajo una fuerte tormenta. Unos que sí, otros que no. La mayoría relativa se impone, así que todos p´arriba.
En el comienzo de la subida (puente la Llambre), hay un cartelito que el Cdo. Pelea está a casi 1000 m. de altitud. Estamos a 560 m. y la distancia hasta arriba es de poco más de 2 Km. Estas cifras, dificilmente asumibles, las verificaremos según subamos. El firme es de hormigón (con rayas), así es que si no subimos montados , no podremos echarle la culpa al empedrado. Pongo mi cuenta en la opción pendiente %, y sin más dilación comenzamos.
No hemos recorrido 100 m y empiezo a ver 17, 18, 19, ... Dudo si he puesto bien el cuenta, pues no sé si es la pendiente lo que marca o el DST (parcial). Pero no. Son ciertas las cifras, 23, 24, ... El plato pequeño y el piñón grande hace rato que están engranados. Alguno damos a la palanquita desesperadamente por si aparece un piñón 38 ó 40. No hay. No existen. Hay que emplear todas nuestras dotes escaladoras para no echar pié a tierra: concentración, técnica, barbilla pegada al manillar, algo más de fuerza,...
Observo que llevo la horquilla bloqueada, también el amortiguador. Voy rebotando en las rayas del hormigón. Miro el cuenta. Tres por hora, dos por hora, ... 29 %, ¡¡TREINTA!! Cuando el medidor marca 32%, no sé qué hacer, si reir o llorar. Pierdo la concentración, la trayectoria y hasta la vergüenza. Es imposible: pié a tierra. Todo tiene un límite. Por detrás de mí veo a Sportbilly y a Delfi2. A José e Iván no se les divisa. Todos suben andando. Cuando uno empuja la bici por estas pendientes, se da cuenta de lo que pesan realmente. Al rato cede la pendiente un poco. Sólo marca 20 ó 22 %. Llevamos recorrido un km más o menos. Lentísimamente, gateamos por esa cuesta inhumana. Como ha llovido y ha salido el sol, observo por primera vez en mi vida, como un caracol trepa pausadamente por un radio de mi rueda delantera. Vamos tan despacio que damos tiempo a que nos sorprenda una nueva tormenta. Otra vez. A llover. Fuerte.
Empapados. Rayos, truenos y centellas mellizas. ¡Qué mal rollo me dan los rayos en el monte! Andando y con las calas de la zapatillas haciendo toma de tierra... Nuevo repecho. Otra vez 30 % en otro punto. Este sí le paso sin bajarme. Paulatinamente la pendiente va cediendo, el piso es peor, pero estamos tan hartos de ir pedaleando al límite, que algunos optamos por ir andando. Delfi sube montado hasta arriba. Se atisba el cartelito que marca el collado. Ha dejado de llover y tronar.
Collado Pelea. Quien puso el nombre a este sitio, acertó. Pues para subir hasta aquí nos lo hemos tenido que pelear bastante Entre foto y foto y alguna barrita, nos rodea la niebla que sube desde Bejes. Agotados pero felices, nos encaramos al descenso que nos lleva a Potes. La bajada tiene su guasita. Dicen que, hasta el rabo, todo es toro. Uno se piensa que porque lleva frenos de disco puede bajar por cualquier sitio más o menos controladamente. Pero, ¿qué es lo que hay que hacer cuando después de dos o tres km. de bajada por pista de hormigón, con bastante pendiente, llega un momento en el que los frenos no paran la bici?
A los cinco nos pasó lo mismo. ¿Sería ahí donde marcó mi cuenta 36 % en bajada? El resto, por buen asfalto, lo hicimos disfrutando y relamiéndonos del pedazo de ruta que habíamos hecho. Una pena que Pablo no pudiera culminar la excursión por culpa de la tremenda caída que sufrió. En cualquier caso, los Picos están ahí y nadie se los va a llevar, por lo que podemos repetirla en cualquier momento. ¿En otoño...? Saludos a los amigos Pablo, Juanma, Jesús, José e Iván. Quedé gratamente sorprendido por su actitud siempre positiva (nunca negativa), a pesar de los costarrones por los que les metí.