Clasificaciones“Se me ponen los pelos como scorpions”, es lo primero que suelta Víctor cuando recuerda la salida de los 10000 del Soplao de este año. Y es que dar el pistoletazo a 1.200 tíos `to puestos’ en la avenida central de Cabezón de la Sal con los acordes de Thunderstruck de ACDC a todo trapo es para eso como mínimo. A mi me dio por soltar la baba. Impresionante.

Antes que esto, mucho antes, a eso de las 4 de la madrugada del sábado, nos despierta a Juanma, Edu, Victor y a mí una soberana tormenta eléctrica y el consiguiente aguacero. Jose de ésta ni se entera, ya se le pueda caer la casa encima. Tras cuarenta minutos de rayos y truenos logramos, de nuevo, conciliar el sueño a duras penas hasta las 6.45 que suenan los despertadores. Todos pegamos un bote de la cama y bajamos a desayunar tostadas, fruta, bocadillos y batidos recupera ‘almas perdidas’. Otros se meten una tableta de proteínas concentradas para ponerse las pilas rápido.
Mientras nos vestimos asomamos nuestras ilusiones por la ventana para comprobar como andaba el cielo. No llovía, que no era poco, aunque las nubes amenazaban con descargar mientras abrazaban espesas las montañas de nuestros alrededores; la temperatura no era mala, unos 15ºC, suficientes para vestirnos de corto.
Foto por cortesía del blog MTBCantabriaSalimos de nuestro cuartel general en Cos sobre las 7.30, con la suficiente antelación como para pedalear con cierta tranquilidad los 3 kms que nos separaban de Cabezón de la Sal. Una vez en la salida, el speaker, la música, el público, los corredores… “los pelos como scorpions”. La avenida principal de Cabezón era un mar de cascos multicolores y llegar hasta la posición donde nos hubiera tocado salir nos retrasaría por detrás de las 800 o mil unidades, así que como quien no quiere la cosa los cinco nos quedamos a unos 30 metros de la salida al lado de las cintas que delimitaban la zona de corredores. En la pole position llevaban un rato ciclistas profesionales ávidos por batir a Evaristo, el dorsal nº1.
Foto por cortesía de NoeLa providencia quiso que justo a nuestro lado estuvieran situados unos amigos de Santander con los que compartí parte de una ruta por los acantilados de Langre y Galizano la pasada Semana Santa. Así que mientras nos saludábamos y nos dábamos suerte, los ‘Cinco de Cos’ nos colamos por debajo de la cinta. Y ni treinta segundos después una estruendosa petardada anuncia la salida de la III edición de los 10.000 del Soplao.
Empezamos a rodar, el speaker nos desea suerte y el numerosísimo público concentrado en la salida nos aplaude a rabiar. “Así es difícil mantener la cabeza fría”, pienso. La arrancada es cómoda, llevamos una posición entre los 300 o 350 primeros, y como los primeros kms los hacemos por carretera y pican para arriba se puede ir adelantando bicis con moderación. La Guardia Civil tiene cortado el tráfico de la nacional que sale de Cabezón hacia Oviedo, así que toda la calzada es nuestra.
Foto por cortesía de María de Rutas AlternativasA mi vera aparece Jose, mi ángel de la guarda, y juntos comenzamos a tirar hacia delante. Abandonamos la carretera y nos adentramos en un bosque de eucaliptos dirección hacia Caviedes. Antes, pierdo a Jose durante un rato y pensando que se me había ido por delante inicio la larga bajada a Rioturbio fustigando a mi montura. Llegando al primer avituallamiento en esta localidad, sobre el km 20, aparece por detrás el maillot naranjito de Feria. Pues resulta que iba por detrás, aunque estos acelerones nos han servido para sobrepasar a un buen puñado de ciclistas.
Tras el primer avituallamiento, donde paramos para rellenar el bidón, Jose y yo continuamos juntos a buen ritmo. Yo tenía la intención de hacer los primeros 68 kms en menos de 4 horas para llegar al avituallmiento anterior a la 1ª subida al Moral antes de las 12:00. Si lo conseguía, podía pensar en terminar en unas 10 horas. Pero esto sólo era un sueño a estas alturas.
Después de la tromba de agua de la pasada madrugada, las pistas rezumaban barrillo y las cadenas viajaban por la transmisión de la bici con esa mezcla marrón que tantos problemas pueden llegar a dar. De hecho en la ascensión a Caviedes el plato pequeño comienza a ‘chupar’ la cadena, con lo que tengo que parar, limpiar la suciedad y poner aceite. Mala compañera es esta avería ya que como te cebes puedes llegar a partir algún eslabón. Con esta parada perdí la rueda de Jose para el resto de la marcha, pero encontré otra con la que casi fui a la par –a veces por delante, a veces por detrás-, hasta el final de la carrera: la de Noe.

“¿Quién eres?, me dice una voz femenina fijándose en mi culotte de Forobici. “¿Noe?”, pregunto. Y ante la respuesta afirmativa comenzó un particular vía crucis que fuimos compartiendo en muchos de los puertos que aun nos quedaban por delante.

Llegamos a Caviedes, y salimos a la carretera para bajar por ella hasta La Cocina, mala señal siempre que entramos en esta localidad ya que aquí empieza la subida por la trialera de las Lastras, con unos porcentajes que llegan hasta el 20% y un piso enfangado que termina de machacar la transmisión. Y a todo esto hay que sumarle que empezaba a lloviznar. Mejor no pensar en nada y seguir hacia delante en la medida de lo posible. Subiendo la primera mitad montado y rezando para que cadena y platos no se atasquen, transcurre cerca de media de hora agónica donde la voluntad de uno y los aplausos de la gente que se situaba en muchos puntos de la subida te hace sacar fuerzas y continuar moviendo los pedales. La segunda mitad de esta ascensión la tenemos que hacer todos a pie. Arriba, la organización había situado una manguera a presión y un punto de mecánica, así la subida hasta el Soplao pudimos hacerla con los nervios más tranquilos.

Es el km 38. Estamos a 550 metros de altura cuando antes de subir las Lastras estábamos al nivel del mar, y el avituallamiento del Soplao casi no se visualiza de la cantidad de público que hay allí concentrado aplaudiendo y dando ánimos. Paro a comer un plátano, rellenar el bidón y echar aceite a la cadena e inicio el descenso por la trialera más peligrosa de toda la marcha y que nos dejará a 150 metros por encima del nivel del mar. Al poco de empezar a bajar, delante de mí veo una caída de espanto rapidamente atendida por miembros de la organización. Eso me hace frenar más de lo normal ya que la bajada se presentaba complicada con un aliño de porcentaje negativo, más allá del 20-25%, y un piso resbaladizo y muy peligroso. De tanto retener la bici acabé con los antebrazos destrozados.
Ya abajo, en la población de Puentenansa salimos a la carretera para rodar los próximos 8 kms con pendientes muy suaves y donde el sol comenzó a presentarse como alternativa a los nubarrones que nos habían acompañado hasta entonces. Con el plato metido y los piñones mas pequeños ruedo a buen ritmo adelantando numerosos grupos. Me hubiera gustado unirme a alguno de ellos pero en ese momento iba más cómodo yendo más rápido.

La verdad es que a pesar de los 1.200 participantes, y salvo los momentos de la salida y hasta el km 10, la sensación de pelotón fue tan inexistente que en muchos momentos rodabas sin apenas nadie por delante o en grupos muy dispersos.

Pasados estos tramos de asfalto llega otro grano del recorrido, la subida a Monte Aa, donde pasaremos de los 200 a los 600 metros en 5 kms y donde los porcentajes llegan puntualmente al 23% y se mantienen siempre por encima del 14%. Esta subida la hago a cola de un grupo que subía con buen pedal y del que poco a poco se van descolgando unidades. El sol se mantenía en lo alto, así que el esfuerzo iba acompañado de un cada vez más intenso calor que hacía chorrear sudor por la cara a pesar del pañuelo que llevaba bajo el casco. Es una subida muy dura la subas como la subas pero que tiene reconfortantes premios cuando culminas su cumbre. La primera, la bajada hasta Ruente por una pista que transita entre un hayedo incomparable con amplias curvas, menos dos de ellas de 180º -el que iba delante de mí casi se queda como un cromo pegado a un árbol-; y la segunda, ya en Ruente, donde en el pueblo nos esperaban un clamor de cientos de personas que, muy metidos en el papel de espectadores, gritaban y animaban hasta el punto de emocionarnos a los que no estamos acostumbrados a estos espoleos públicos.
El km 68 se acercaba y también el avituallamiento del Área Recreativa Casa del Monte. Llegamos en grupo unos 10, incluída Noe, con la que había bajado desde el Monte Aa tras unirme a ella al final de la dura subida. En este avituallamiento había de nuevo mangueras a presión para lavar las bicis y aceite, siempre un alivio para volver a la marcha con la transmisión al 100%. Hasta este punto había tardado 3h45 con una media superior a los 18 kms a la hora, aunque si miraba lo que me quedaba por delante, lo pasado era una bagatela. Quedaban los tres puertos más duros, un desnivel positivo de 2.600 y 97 kms de echarse a temblar.

En este momento por lo que decía la organización estaba entre los 180 primeros, y la cabeza de carrera había pasado hacía 1h 20. Lo mío era en ese momento recuperarme con un bocadillo, una coca-cola, un gel y un plátano y para delante. Hubo lugar para mis ánimos telepáticos a mis cuatro compañeros, a los que iban delante y a los que iban detrás, a los que esperaba que todo les fuera bien.

Toca subir el Moral y sus 750 metros de desnivel acumulado en 12 kms. Pronto, en las primeras y más empinadas rampas observo que no ando fino, que el estómago me pesa y no está digeriendo bien lo que le he ofrecido… Ese bocadillo de chorizo no me ha beneficiado, y eso que solo comí la mitad. Además, un dolor en las lumbares me venía avisando de posibles problemas con la espalda. Voy avanzando con un grupo que no aprieta demasiado, parece que a todos nos están costando estas primeras rampas al 10-11% y que se irán suavizando conforme pasen los kms. Uno del grupo me pregunta que si soy de la tienda, “de qué tienda?”, le respondo. Me había confundido con la gente de Karacol por el maillot que llevaba para la ocasión.
Tras una de las revueltas de la ascensión, la situación se me hace inmanejable y decido pararme. Me quito el pañuelo de la cabeza que comenzaba a evacuar el sudor como una cascada y me tomo un Ibuprofeno. Prosigo la marcha y poco a poco voy sintiendo mejores sensaciones, e incluso abandono los achaques lumbares. Las rampas se suavizan y eso también ayuda. A pesar de ello voy más cómodo con el plato pequeño que con el mediano, ya que con éste me obligaba a engranar los piñones más grandes. Consigo coger velocidades de dos cifras, y tras hora y pico llego arriba bastante mejor de lo que comencé el puerto. En la carpa que la organización había montado en la cima nos dicen que los primeros nos llevan una ventaja de 1h45, “este año no me doblan”, pensé. En este punto llevaba 5 horas de marcha y 82 kms en las piernas, así que terminar en torno a las 10 horas estaba ahí ahí.
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Tras beberme varios vasos de sales y meterme un botellín de agua en el maillot, inicio la bajada del Moral por su cara sur. Son 9 kms de pista que circulan entre hayedos, robles y un sinfín de cascadas cuyos sonidos te acompañan hasta el pie de la montaña. Aunque esto es más perceptible cuando subes este puerto a 7 u 8 km/h para finiquitar la carrera.
Al finalizar este placentero tramo conectas con 5 kms de carretera que muere en Bárcena Mayor, precioso pueblo situado en el corazón de la comarca Saja-Nansa y en plena reserva natural del Saja-Besaya. Al inico de este sector de asfalto había otro puesto de avituallamiento y muchísimo público aplaudiendo y gritando. Cuando vas en grupo, estos ánimos los compartes con los compañeros, pero cuando vas solo, como era el caso, las loas se personalizan en uno, provocando una excitación que te llena de un placer incomparable. “Joder qué éxtasis, disfruta el momento y no pares”, pensé, y continué dándolo todo.

Los kms hasta Bárcena los hago sin forzar demasiado, ya que pican hacia arriba y hay que reservar fuerzas para lo que para mí es el Puerto Rey de la prueba: Cruz de Fuentes. Justo antes de comenzar a subir este puerto hay otro avituallamiento en el que paré para estirar las piernas, comerme otro plátano, media naranja y un bollito. Pero nada de bocadillos. Esta vez cogí dos botellines de agua por si las moscas, y tras no mas de 5 minutos emprendo la marcha.
Tengo ante mí, 17 kms y 800 metros de desnivel acumulado, y muy posiblemente tarde en torno a 1h30 en terminar, así que paciencia y buena letra, y nada de ofuscarse con nadie. Los primeros kms son con muy poca inclinación y puedes ir a 17 o 18 km/h. En esos momentos me siento bastante bien “a ver si dura”, murmuro, mientras me acuerdo de la pájara que me dio el pasado verano subiendo este puertazo. La zona es de lo mejor de todo el recorrido, la vegetación es una exaltación de tonalidades verdes y los inmensos árboles protegen el camino de agresiones ultravioletas. Aunque la verdad es que esto lo se de otras veces que he pasado por aquí porque en esta ocasión iba concentrado en no perder velocidad sin acelerar las pulsaciones.

Tres integrantes del CC Liébana uniformados de un verde camaleónico me dan alcance, se me van un poco pero logro mantenerme a 10 o 12 metros. Delante observo la figura de Noe, como a 150 metros, quien nos mantuvo en esa distancia bastantes kms. Conmigo un par de chavales que apretaban en los descansos del puerto para bloquearse en las zonas inclinadas. Poco a poco mis compañeros se fueron quedando, conseguí coger a Noe y seguir en la distancia a dos de los ciclistas del CC Liébana. Subíamos bastante bien, a 9-10-11 km/h. De pronto, en el sensacional silencio del bosque comienzan a oirse unos gritos mezclados con aplausos y vítores de todo tipo. El que iba a mi lado me dice “Joder, cómo anima la gente”, y yo le comento que me parece raro que esos gritos vengan de la cumbre ya que todavía quedaban 7 u 8 kms para la cima del puerto. El bociferio cada vez era más plausible y en una zona donde la vegetación te permite ver las siguientes dos curvas, vemos como 10 o 12 aficionados habían aparcado su 4x4 en la cuneta de la pista y espoleaban a todos los que por allí pasaban. Increíble. Cuando me toca pasar a mí, incluso me levanto del sillín y doy 10 o 12 pedaladas de pie, a cambio recibo un “¡Vamos, vamos, vamos, vamos, así, así, venga, que ya estáis arriba”. De lo que te dice la gente, ni caso, si no estás perdido. Todavía quedaba un buen trecho, quizás el más duro del puerto. Arriba, y sin parar cojo un botellín de agua al personal de la organización. Estaba casi en las 7 horas de marcha con 55 kms por delante, así que no había tiempo que perder.
Desde el alto de Cruz de Fuentes hasta la carretera del Puerto de Palombera hay una bajada por pista de unos 3 o 4 kms. En este punto hacía fresco y el cielo se había vuelto a cerrar aunque no parecía que fuera a llover. El tramo de carretera hasta el alto de Palombera es parecido al tramo final de la Morcuera cuando sales de la pista. Unos 2,5 kms que se hacen en plato mediano a 12 o 13 km/h. Y desde el alto toca bajar unos 4 kms en plan videojuego hasta el desvío de Ozcaba hacia Venta Vieja. Aquí había otro avituallamiento que me salté para ahorrar tiempo ya que iba bien de líquido.
Este es otro punto clave de carrera. El año pasado nos tocó sufrir aquí de lo lindo por el barro, y este año, aunque el barro estaba más condensado y se podía circular a duras penas por las roderas de los 4x4 que habían abierto el camino, costaba hacer girar las ruedas ya que el piso te atrapaba. Esta subida de 150 metros de desnivel en no más de 4 kms se hace dura de verdad. A mi se me atragantó sobre manera, e incluso tuve que parar 1 minuto a comerme un plátano y recuperar algo las fuerzas. Esta zona, a unos 1300 m sobre el nivel del mar, transcurre por la cuerda de la montaña y apenas tiene nada de vegetación que te impida ver las duras rampas que se te vienen encima y los diminutos puntitos vestidos de colores avanzando lentamente sobre ellas.
Terminado este calvario llega uno de los momentazos del recorrido, la bajada ininterrumpida hasta la carretera de Bárcena Mayor y que yo estropeé de la manera más torpe al descender más de la mitad de los 12 kms con la horquilla bloqueada. Como recompensa conseguí un dolor de brazos y manos gratuíto que me impidió disfrutar al 100% de estos tramos. Comprobé como al bajar a más de 50 km/h sin absorción en la horquilla provoca que cada bache sea un socavón y cada piedrecita una roca que te desestabiliza la trazada. Así los que venían por detrás me pasaron como balas, en especial los que iban con dobles. De todo el descenso, los últimos 6 o 7 kms son por asfalto, en concreto desde Colsa y los Tojos, por donde pasamos como verdaderas exhalaciones a casi 70 km/h por sus carreteras estrechas ante la mirada impávida de los paisanos del lugar. Y antes de terminar el descenso y como guinda final, las 8 revueltas de 180º que hay que trazar y disfrutar como si bajaras Alpe d’Huez pero con inmensos robles en las cunetas de la calzada.
Y disfrutado todo ello, vuelve el calvario, porque tras dos kms de carretera en los que fui comentando la dureza del recorrido con mi antecesor en la última bajada, comienza la subida por la cara sur al Moral. Antes, otro avituallamiento en el que paro para reponer líquido y coger una bolsa de galletas. Eran cerca de las 5 de la tarde y el punto kilométrico 132, para llegar en menos de 10 horas me quedaba poco más de 60 minutos, un puerto de 9 kms y 600 metros de desnivel positivo y 20 kms de los cuales 15 eran de bajada. Todo esto me hacía despedirme de ese tiempo, ahora solo quedaba intentar llegar antes de las 11 horas. Luego supe que Jose pasó por este punto 18 minutos antes que yo, con lo que hasta este kilómetro había ido bastante bien.
Pero todo cambiaría ahora. Vuelvo a coincidir con los del CC Liébana en el inicio del puerto pero les dejo atrás durante los dos primeros kms que los hago rapidillo ya que la pendiente es escasa y se puede ir a 15 o 16 km/h. Tras estos primeros minutos, el aumento en la dureza del puerto y las pocas fuerzas que me quedan me presentan a dña.pájara y al hombre del mazo… Joder, y llegan los dos juntos. Resultado: 7 kms a 6 km/h cuando la gente subía entre 8 y 11 km/h. Incluso tuve que parar dos veces porque psicológicamente también estaba muy gastado. Bebí y bebí, pero estaba deshidratado, así que en estos casos solo se puede hacer una cosa: seguir, seguir como se pueda, pero seguir. A la dureza que uno lleva por el sufrimiento se le añade la dureza de ver como pierdes posiciones durante casi una hora: cinco, dos mas, otro, dos mas, cuatro, no puedes unirte a ningún grupo ni seguir ninguna rueda, pasa Toni el amigo de Bruna –no le digo nada porque la lengua no me salía de la boca-, petada total… Hasta 40 posiciones perdería en la subida, aunque llegando arriba un Jeep de la organización ofrece botellas de agua, y ahí revives un poco de tus cenizas e incluso bajas dos piñones para acelerar y llegar al alto cuanto antes. Pensaba en la gente que bajaba en esos momentos el puerto y a los que estábamos doblando. “Dios mío, estos pobres se tienen que meter todavía 80 kms”.
Arriba!!! Cumbre!!! La organización te sella el dorsal por tercera vez, te pide el bidón para llenártelo de agua mientras te da un vaso de sales. “Vamos que ya está hecho”, y tiras para abajo, aunque durante 5 kms circulamos por la cuerda de la montaña con subibajas donde lo das todo de nuevo.
La bajada es un apelotonamiento de sensaciones, saboreas el haber terminado otra vez esta locura, miras el reloj con el paso de los minutos y piensas “se acabó, haga el tiempo que haga lo he dado todo y será un buen tiempo”. Y así fue.
Terminado el Moral, y llegado al área Recreativa Casa del Monte solo quedan unos 10 kms de carretera donde viajas a 30-32 kms/h y vacías lo poco que llevas dentro. Este tramo lo hago solo, recupero un par de posiciones e intento limar segundos al reloj. La última recta antes de entrar en Cabezón de la Sal, son 3 kms de aplausos infinitos, con la gente puesta en pie al paso de los ciclistas y tu mente en blanco absorbiendo la gloria.
Llegada a Cabezón, un giro a la derecha, otro a la izquierda, un municipal señalándote el camino, ya se ve la meta, uffff, qué de gente, de nuevo el speaker anunciando tu llegada, la música, me da hasta vergüenza. Llegué! Dos de la organización me rodean, me dan otro vaso de sales, me dan la enhorabuena y miran el ordenador: Tiempo total 10h36; Posición 245. El tiempo de pedaleo había sido de 9:58 (en este sentido si conseguí bajar de las 10 horas).
Y me voy hacia la carpa a entregar el chip y recoger mi maillot de los 10000 del Soplao más feliz que unas castañuelas. He bajado el tiempo del año pasado casi 3 horas y más de 100 puestos, aunque creo que este año el nivel ha subido bastante con el desembarco de algunos profesionales. Solo hay que ver a Evaristo, que el año pasado llegó sacando 20 minutos al segundo y este año ha llegado 4º a casi media hora de la cabeza. En fin, da igual, porque estos son marcianos.
Ya en la carpa como un plato de pasta, una cerveza y me siento a recuperarme. Al rato vi por allí a Noe, que fue 2ª de la clasificación de chicas. Del resto de compañeros no tenía ninguna noticia. Pasado un rato cogí la bici y me fui pedaleando hacia casa por la misma recta por la que había pasado minutos antes cruzándome con todos los valientes que estaban finalizando su aventura, entre ellos Edu, al que doy un grito de ánimo. Ya en casa, saco a Feria de la ducha y me fundo en un abrazo con él. Me comenta que su tiempo ha sido 9h44. Madre mía. Qué animal. Esta juventud nos va a enterrar.
Y mientras Jose se va de nuevo a la carpa de la carrera a ver si encuentra a su cuñado y un amigo, me pego una ducha reponedora de más de media hora y me tiro en la cama a esperar al resto de la banda. Al rato llega Edu, otro abrazo sin fin, comentamos jugadas y tras su ducha nos vamos a Cabezón en busca de Juanma y Víctor que llegarían al rato.
Medalla del “Mérito Extraordinario” para Juanma que logró finalizar la carrera, los 165 kms y más de 4.400 de desnivel con un hombro en plena recuperación y con apenas kms de preparación en sus piernas, así como el de Víctor, cuyo apoyo fue fundamental para el éxito de su objetivo: Terminar.
Y gracias a los 4 por compartir esta aventura y un fin de semana de pura gloria. El año que viene más, aunque no se si mejor.